la esperanza, derrota de los insatisfechos
ansía un tiempo en que el dolor
no es otra cosa sino risa
en un banco del parque, frente al río,
o un pájaro que aparece
en una conversación pasajera,
sus sonidos diluidos en un murmullo alegre
o una soledad realmente sonora,
sin mitos de por medio, ni dioses envejecidos
o tal vez, un poema donde se atisbe
esa esperanza, ese tiempo
en que el dolor no es siquiera un recuerdo
tan sólo una flor marchita que sobrevive sin agua.
winter is blue
lunes 7 de febrero de 2011
sábado 5 de febrero de 2011
Tres voces.
me acuerdo de tantas cosas;
quizá Oliveira había sido demasiado crudo con la Maga al verla llorar y no tener más que decirle que su llanto parecía sacado de un fotograma, pero me gusta poder tener ahí guardado todo, ser una maquinita pequeña de recuerdos, en este mundo de olvidos rápidos e inconscientes, hay gente que se deshace de los demás con una facilidad que da miedo, y luego van por la calle devorando a quien se encuentran, yo prefiero quedarme con las piedritas de antiguos días, sacarlas del cajón o no sacarlas, pero tenerlas como testimonio de algo que ha sucedido, que aún no consigo explicarme y entonces por eso se volvería presente, parecería que aún no ha pasado al otro plano (¿qué plano?),
me he quedado decimonónica.
quizá Oliveira había sido demasiado crudo con la Maga al verla llorar y no tener más que decirle que su llanto parecía sacado de un fotograma, pero me gusta poder tener ahí guardado todo, ser una maquinita pequeña de recuerdos, en este mundo de olvidos rápidos e inconscientes, hay gente que se deshace de los demás con una facilidad que da miedo, y luego van por la calle devorando a quien se encuentran, yo prefiero quedarme con las piedritas de antiguos días, sacarlas del cajón o no sacarlas, pero tenerlas como testimonio de algo que ha sucedido, que aún no consigo explicarme y entonces por eso se volvería presente, parecería que aún no ha pasado al otro plano (¿qué plano?),
me he quedado decimonónica.
domingo 9 de enero de 2011
Abandona esta inercia inmortal.
Es curioso. Hace apenas un año yo deseaba con muchas ganas recomenzar el curso, que me explicaran el surrealismo o las teorías feministas que desembocaron en lo que llamamos la historia de las mujeres. Hoy, sin embargo, domingo sin lluvia de un invierno lleno de estrépito, de huidas no consumadas, no tengo ganas de volver al supuesto templo de la sabiduría. No me apetece otra cosa, tampoco: hay días que me bastaría con dejar de ser, o más bien, con dejar de intentar ser. Que no se me exigiera más que una casi imperceptible respiración.
Lo esencial es que no llego nunca a ninguna parte, que no estoy nunca en ninguna parte. (...) No hay más que descuartizarse tranquilamente, en las delicias de saberse nadie para siempre.
El innombrable, Samuel Beckett.
Etiquetas:
El innombrable,
inercia,
Samuel Beckett,
ser
martes 4 de enero de 2011
Two ways of feeling this crowded place.
Algo como que debería dejar de pensar la ciudad
como una continua despedida,
mirar torpemente hacia esos viejos edificios, rescatando
la nariz graciosa de la infancia,
la manera en que se crea la ciega frontera,
a modo de pared empapelada por la costumbre.
Algo como que debería dejar de pensar la ciudad
como un alejamiento no encarnado,
como una vorágine de pasos perdidos
que rodea el miedo a abandonar la primera patria.
como una continua despedida,
mirar torpemente hacia esos viejos edificios, rescatando
la nariz graciosa de la infancia,
la manera en que se crea la ciega frontera,
a modo de pared empapelada por la costumbre.
Algo como que debería dejar de pensar la ciudad
como un alejamiento no encarnado,
como una vorágine de pasos perdidos
que rodea el miedo a abandonar la primera patria.
domingo 2 de enero de 2011
La juventud de los polares.
Es un invierno frío que ayuda a esconder las oscuridades del mundo. A veces, en las mañanas claras de domingo, sale el sol. Pero después, por lo general, las temperaturas descienden rápidamente, y vuelve a ser invierno. Hay multitud de hojas marrones, típicamente otoñales, por todas las calles de la ciudad. Cuando es de día, me gusta pisarlas y oir su estremecimiento inocente; de noche, en cambio, el estremecimiento llega a convertirse en un sonido estridente capaz de multiplicar los peligros. Me parece que hay alguien detrás que también pisa a las pobres hojas, y en un ejercicio de manifiesta paranoia, me siento inevitablemente perseguida, asolada por una presencia que, aunque invisible, me hace apretar el paso.
Eso es el invierno en la ciudad. Después, también están los polares que compra mamá en los edificios hostiles que albergan tiendas deportivas, presentes en cualquier rincón del planeta. Los polares tienen lazos con el mundo verde; la gente se los pone cuando va al campo a pasar unos días. También los niños de ciudad los usan mucho de abrigo; por eso tienen el encanto y la suavidad de la infancia pasada.
La lluvia tiene, este invierno, una presencia asombrosamente regular. Recuerdo hace unos años, en plena adolescencia, cuando empecé a amar la lluvia. Por aquel entonces aún estaba habituándome a la tristeza cotidiana, y la lluvia siempre nos incita a ejercitar la nostalgia. Me ayudaba entonces sentirme enlazada con las gotas de agua. Eran, sin embargo, gotas irregulares, que caían con fuerza estrepitosa y estropeaban los cultivos. Había mucho barro por todas partes. Ahora, sin embargo, parece como si la lluvia también se nos europeizara. Llueve copiosamente algunos días, otros de manera diagonal, e incluso en ocasiones he visto las gotas danzar horizontalmente, gobernadas por un fuerte viento. Las adolescentes compran botas de agua con estampado de leopardo; no recuerdo nunca que se vendieran botas de agua en tales cantidades. Quizá por eso la lluvia nos visita más a menudo.
***
Hoy, dos de enero, ha subido el precio del autobús interurbano diez céntimos, y se ha prohibido fumar en las cafeterías (y en otros lugares públicos no tan relevantes).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)