Es un invierno frío que ayuda a esconder las oscuridades del mundo. A veces, en las mañanas claras de domingo, sale el sol. Pero después, por lo general, las temperaturas descienden rápidamente, y vuelve a ser invierno. Hay multitud de hojas marrones, típicamente otoñales, por todas las calles de la ciudad. Cuando es de día, me gusta pisarlas y oir su estremecimiento inocente; de noche, en cambio, el estremecimiento llega a convertirse en un sonido estridente capaz de multiplicar los peligros. Me parece que hay alguien detrás que también pisa a las pobres hojas, y en un ejercicio de manifiesta paranoia, me siento inevitablemente perseguida, asolada por una presencia que, aunque invisible, me hace apretar el paso.
Eso es el invierno en la ciudad. Después, también están los polares que compra mamá en los edificios hostiles que albergan tiendas deportivas, presentes en cualquier rincón del planeta. Los polares tienen lazos con el mundo verde; la gente se los pone cuando va al campo a pasar unos días. También los niños de ciudad los usan mucho de abrigo; por eso tienen el encanto y la suavidad de la infancia pasada.
La lluvia tiene, este invierno, una presencia asombrosamente regular. Recuerdo hace unos años, en plena adolescencia, cuando empecé a amar la lluvia. Por aquel entonces aún estaba habituándome a la tristeza cotidiana, y la lluvia siempre nos incita a ejercitar la nostalgia. Me ayudaba entonces sentirme enlazada con las gotas de agua. Eran, sin embargo, gotas irregulares, que caían con fuerza estrepitosa y estropeaban los cultivos. Había mucho barro por todas partes. Ahora, sin embargo, parece como si la lluvia también se nos europeizara. Llueve copiosamente algunos días, otros de manera diagonal, e incluso en ocasiones he visto las gotas danzar horizontalmente, gobernadas por un fuerte viento. Las adolescentes compran botas de agua con estampado de leopardo; no recuerdo nunca que se vendieran botas de agua en tales cantidades. Quizá por eso la lluvia nos visita más a menudo.
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Hoy, dos de enero, ha subido el precio del autobús interurbano diez céntimos, y se ha prohibido fumar en las cafeterías (y en otros lugares públicos no tan relevantes).
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